DIFERENTES OPINIONES

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Todos sabemos que sin educación no hay desarrollo humano, ni democracia, ni equidad y, desde luego, no hay posibilidad de insertarse en el circuito internacional de la cultura, la ciencia y la tecnología. Pero para que la educación funcione en un país y su valoración se inserte en la conciencia colectiva no es suficiente que haya pupitres para todos los niños y jóvenes desde la primera infancia hasta la educación superior. La cobertura, desde luego, es un requisito básico, pero no suficiente. El asunto central es la calidad, entendida como base para la construcción de oportunidades iguales para todos los miembros de la sociedad. Este es el problema: la educación no está contribuyendo a cerrar brechas sociales. Por el contrario, las perpetúa y las ahonda. Los gobiernos no son capaces de romper el paradigma de segmentación social, especialmente si sus objetivos se centran en ese concepto de eficiencia que se define como la manera de hacer cada vez más con cada vez menos. El actual gobierno ha gastado un año largo promoviendo la calidad, pero las propuestas son precarias y las realizaciones, hasta ahora, invisibles. Por estas épocas de final de año podría decirse que el sector perdió el año. La discusión de la educación superior se ha robado el show a partir de una propuesta inoportuna que terminó por complicar todo, a pesar de haber eliminado la manzana de la discordia. Se anuncian paros, movilizaciones y rechazo al proyecto de ley presentado por el Gobierno la semana pasada.

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